La víspera de Navidad

Era una tarde fría y lluviosa de diciembre y como siempre todo el mundo se preparaba para colocar los últimos adornos. Todo en el aire hacía presagiar la llegada de la Navidad: juegos de luces en las calles, abetos inmensos en las plazas, coros en las iglesias, fiebre por las últimas compras a familiares y amigos y provisiones de alimentos para la Víspera y el día siguiente. Sin embargo, en el tornado de la exaltación festiva había una persona ajena a todo esto: su nombre era Esperanza, una chica joven muy conocida en el barrio gracias a su fuerza y su generosidad; sólo un minúsculo detalle desentonaba con su figura… sus ojos estaban siempre cubiertos por un vuelo de tristeza y ninguno había sido capaz de conocer la verdadera motivación.

   Los días y las semanas habían volado tan rápido y la tarde de la Víspera había llegado sin que Esperanza pudiera encontrar la fuerza para coger las decoraciones de Navidad del ático; era más fuerte que ella: cada vez que hacía una prueba sus fuerzas la abandonaban.

   Aquella tarde, después de interminables insistencias, había aceptado, aunque con reluctancia, la invitación a cenar con algunos amigos: ellos no querían dejarla sola  aquel día; ¡ellos conocían la verdad!  

   Faltaba una hora antes de la llegada de Ángel: las comidas estaban listas, las bebidas en la nevera, ella se había ya duchado y tenía el pelo en un moño, había llevado un vestido negro y zapatos de tacón muy elegantes para la ocasión; sólo quedaban los pendientes de perlas en el ático, que su madre le había regalado el día anterior su muerte.

   Una vez en la parte superior de las escaleras, Esperanza esperó unos minutos para acostumbrarse a la tenue luz de la bombilla; siempre se había propuesto cambiarla, pero nunca lo había hecho.  Al fondo, a la derecha, había un viejo y gastado baúl muy querido por ella…lleno de recuerdos de su vida pasada, una vida que ya no existía, que se había destruido en mil pedazos el día de aquel trágico accidente.

   Se animó, abrió el baúl y tomó de él una pequeña caja de satén rojo: no necesitaba mirar en su interior; sabía perfectamente que los pendientes estaban allí; todavía con mano temblorosa empezó el descenso, cuando de repente la caja le escapó de las manos y en el vano intento de recuperarla al vuelo cayó mal, golpeándose la cabeza.

«Esperanza, dame la mano, te ayudo a levantarte», dijo una voz femenina.

Esperanza, aún confundida, abrió los ojos, la respiración se rompió a mitad y con voz temblorosa  dijo: «¿Ma…ma…mamá, eres realmente tú?».

«Sí, hija mía; dame la mano…», le dijo.

Con incredulidad le dio la mano y se levantó.

«Esperanza no estes triste… hay mucha gente que te ama», le dijo.

«Mamá, nada es lo mismo desde que no estás tú…», dijo con lágrimas en los ojos.

Su madre la envolvió en un caluroso abrazo y le dijo: «también vosotros me echáis de menos, pero mi mayor fuerza está en el hecho de haberos educado bien, sin que os faltara nada…y sobre todo siendo capaces de amar al prójimo con simplicidad y pureza de alma; yo viviré en vosotros, y os protegeré desde el cielo; sé feliz; sorprendete de las bellezas que te rodean  y ama sin reservas; haz vibrar las notas del corazón!!».

Esperanza estaba a punto de responder cuando oyó el sonido insistente del timbre y vio a Ángel penetrar en casa: «Esperanza, Dios mío, hace media hora que toco aquel maldito timbre…», dijo con voz alterada y con cara rubicunda. Cuando la vio en el suelo, semidesvanecida junto a las escaleras, rápido cambió su expresión, la levantó y la ayudó a tumbarse en el sofá.

Mientras que Ángel preparaba la comida y las bebidas en las bolsas le dijo: «tienes una buena manera de llamar la atención…¿lo sabes? me preocupaste…».

Esperanza, sosteniéndose la cabeza con una mano, murmuró algo: «¡Los pe…pendientes!!».

«¿Qué pendientes?, dijo Ángel.

«Se han caído mientras yo estaba bajando las escaleras…», respondió Esperanza.

   Ángel encontró el estuche, lo abrió, le pasó los pendientes y le dijo mirándola a los ojos con intensidad: «tu mamá estaría contenta de verte con ellos» y fue en aquel momento que le volvieron a la mente sus palabras: « sé feliz… hay mucha gente que te ama… haz vibrar las notas del corazón!!».

Esperanza sonrió, “por fin había entendido” y con una mirada radiante dijo a Ángel: «Vamos…nos esperan!!»

Veronica La Rosa

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14 de diciembre de 2020