LOS MUERTOS DE LA ABUELA

Esta – es decir ‘muertos’ – es una de las palabras que nunca se podían pronunciar cuando era pequeña, junto con algunas otras que nunca hubiera escuchado en mi casa, como la palabra sexo….

Por eso, cuando iba al cementerio con la abuela, siempre tenía la sensación de estar haciendo algo prohibido y esta sensación me gustaba muchísimo.

Para llegar al cementerio teníamos que andar unos 10 minutos, pero antes la abuela salía en su jardín para escoger las flores más bonitas y coloreadas. Parecía que estuviera preparando flores para una boda, sin embargo eran para tumbas y ‘tumbados’. Al llegar al cementerio las pobres flores ya habían sufrido el calor del verano y habían perdido su maravilloso aspecto fresco y brillante. Además su perfume se convertía en un olor muy aspro y fuerte que llenaba las narices, quedandose allì dentro hasta el día siguiente.

Todo esto fue hace muchos años pero puedo recordarme perfectamente el ruido de mis pies que andaban en los pasillos entre las tumbas. Aun recuerdo la sensación desagradable de mis pequeños pies sobre las pequeñas piedras blancas del cementerio que brillaban bajo el sol de verano.

La visita al cementerio siempre tenía su propria organización y a cada uno le tocaba su papel. El mío era ir a coger la regadera, llenarla de agua y traerla a la abuela. Ella se ocupaba de cambiar las flores en los vasos y limpiar la lápida, o mejor las lápidas porque había varios difuntos de la familia.

Pero estas operaciones solo duraban unos minutos, al final de los cuales la abuela pronunciaba una oración, el ‘Eterno Riposo’ y después llegaba la segunda parte de nuestra visita al cementerio. ¿Podéis imaginar que pasaba después?

Terminado el trabajo con las tumbas, empezaba el momento más pictoresco y divertido de la visita al cementerio: las conversaciones de la abuela con las otras aldeanas que aquella tarde habían decidido ir por los difuntos con flores frescas.

Parecía un mercado, os lo aseguro. Las oraciones en voz baja dejaban espacio a las charlas ruidosas de las viejas que se ponían al día sobre los nuevos muertos y los que lo estarían muy pronto. No faltaban murmullos sobre bodas, divorcios, hijos ilegítimos e infidelidades entre los campesinos del pequeño pueblo que contaba muy pocas ánimas. Todo esto, las viejas viudas lo contaban mitad en italiano y mitad en dialecto, entre gritos y sussurros.

Y al final, se daban cita para el siguiente viernes, porque claro, el viernes era para todas el día de la visita al cementerio, con flores frescas para todos los difuntos

Y para mí, ese viernes entre los muertos sigue siendo uno de mis mejores recuerdo.

Te quiero mucho abuelita, y siempre te querré.

Comentarios

Milena
7 de noviembre de 2020 a las 20:36

¡¡¡¡Estos artículos cada vez más hermosos !!!!!!😘



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